En la casa «El Call» de Odèn guardaban una toalla de dichas mujeres. La presencia en esta casa se explica de muchas maneras: cayó de una mujer en pleno vuelo; fue encontrada al pie del riachuelo olvidado por la mujer, es una ofrendas de agradecimiento por la noble acogida constante en todas las predichas mujeres dada por la «ama» a las que viven bajo la «charca de Alinyà»-cima de el monte de Odèn. Cualidades atribuidas a la toalla: secarse con ella la cara preserva de granos, eczemas, brians, todas las eixidures de sangres sucias, infectos, nada pueden los malos aires pestífera, fríos o calientes, en el armario que guarda , nunca ningún insecto dañará la ropa, y la blanca será curandera en parches, emplastaments y vendas. Tras la detallada relación de las bienaventuranzas otorgadas al Call por la toalla, tanto en los frutos de la tierra como en los caudales, concluyen: «los dueños abandonaron la casa donde dejaron la toalla, ha venido la guerra civil y los disturbios han dañado la pieza, extraviada, perdida, robada, … no dudéis, el Call ha dejado de existir; como una encina destello aguantará unos años, «perdido el tesoro, perdida la casa». A algunos vecinos no les haría mudar de parecer.

La casa del Call, situada en el rellano, en un alero de la montaña de Odèn, en un lugar privilegiado: como un mirador de donde se domina gran parte de Cataluña, se apama los pinares del Solsonès y se tiene a los pies la alta Ribera Salada, con toda su variedad de verdes, oscuros y densos, del pino negro; o bien aquellos otros más llamativos y claros que el otoño toma en rojo, en naranja y en dorado. Una gran casa donde todavía se puede captar el regusto de una cierta rusticidad, en la sala o en el fuego de rollo, con todo el encanto de una solariega que vivía inmersa dentro de un estilo de vida de una gran serenidad y que sabía sacar provecho de las cosas más sencillas dándoles un cariz mágico y romántico, a pesar de la lengua que, a pesar de la lengua, ternura. Pero una casa sin agua. Había que ir a buscarla a la fuente que más adelante llamarían «del demonio», y que ahora mana, mansa, dentro de la entrada, al extremo de un fregadero de abrevadero, para quien quiera hacer una cata, a morro oa gallet.
Aquel bien de Dios del agua, en torno a la cual nació la leyenda. Aburrida de trajinar agua de la fuente, aquella moza, criada, ¡decía que estaba harta! Todo el día arriba y abajo, cargada de botijos y cubos. Aquel año, por la fiesta mayor de Odén, cuando parecía que el cielo quisiera asar la tierra, por la Virgen de Agosto, en el pico del verano, la gran sala del Call hervía de parientes e invitados, y ella, ¡venga botijos de agua fresca! Además, cuestas arriba y después deshaciendo el camino con cubos y barrancos chorreando de agua, también para los animales de las establos. Tantos encuentros, mulas y burras para abrevar y ella, llena de sofocos, con el pensamiento en la plaza, fijada de algún soltero bailador, mudado de fiesta y con los pies ligeros, con los que ya no tenía que pensar. Ese año tampoco. Porque el agua enseguida hacía corto y tenía que subir a la fuente y volver a bajar, y ayudar a hacer la cena, y… –¡Resotre de dueño!, ¡ve que le costaría hacer un canal que le llevara el agua a casa! ¡Cuestas arriba, que iría sola!– Pero no. El agua estaba lejos. ¡Lo sabía bastante ella!, que estaba harta y aburrida de afilar aquel camino que la privaba de ir a la romería, a saltar cuatro danzas. ¡Todo por un nada! -¡Cagunlospedrer!- Todo el mundo en la plaza y ella, venga trajinar agua. Como si quisiera llenar una cueva que enseguida era seca. Comenta como una mata de guindillas, le dolía por el baile, y subía como una frijolera, enfurecida, a punto de tirar escaleras abajo botijo y cubos. –¡Mirad qué digo: Que me daría al demonio para tener el agua al pie de casa! Que dice lleva la garganta aterrada. Un hombre malcarado y herreño que pedía al ama por la inquietud de la criada. –Nada, hombre, nada. Que se ha enquimerado con el baile y rondina porque la fuente se le hace lejos. Tanto, que hace un momento se desgañitaba a decir que se entregaría al demonio para tener el agua al pie de casa!– Una afirmación de que la moza no retrocede.
Que dice que se entregaría con agrado si antes de terminada la fiesta mayor el chorro de la fuente ragés al pie de la puerta. –¡Trato hecho!– responde el hombre. -¡Palabra aceptada!, antes de que en la madrugada no cante el gallo negro, ¡tendrás el agua dentro de casa!-, y pronunciadas estas palabras, el hombre sale, que dice, se le ha girado mucho trabajo. Lo que hace aplastar la carcajada de las dos mujeres, que hacen la cena y ponen mesa hablando todavía de aquel hombre tan raro. –Un pasavolante sonado–, dice el ama. -¡Que si nos llevara el agua a casa no te dejaría ir sola al baile, que lo suficiente te acompañaría!- Trasiego de ollas y cazuelas en los fogones. La cena a medias, y de fuera sienten un estruendo de picos y palas, magalls, barrenas, rocas que se resquebrajan y mazos que las desmenuzan. ¡Las mujeres paran la oreja y parece que no pueda ser!, al tiempo que en el gallinero canta el gallo blanco y, en la oscuridad de la noche, una voz arrastrada, áspera y oxidada dice: –¡Trabajo pase adelante! barrenas, el trueno de los mazos y el gemido de la resquebrajilla de rocas. Una gran tamborinada bajo las estrellas que han huido del cielo.
¡Como si el mundo hubiera perdido el sendero! Atordidas por la evidencia, procuran mantener el pensamiento sereno. Un rebaño de pensamientos les da vueltas por la cabeza, y sienten un segamento de piernas, como un varapalo, cuando lo temple en la oscuridad tan gruesa ha desvelado el gallinero. Canta el gallo rubio, y aquella voz tan conocida, la voz de aquel hombre tan extraño que la críacita ni ha escuchado cuando ha prometido que volvería, ahora agrietada y aún más áspera, como si escupiera brasas de fuego y las hiciera silbar, al rojo vivo, manda: -¡Cada hombre trabaje por dos!- ¡Da igual, no importa! La tierra huele húmeda y, dentro del Call, aquella casa que hace cuesta arriba, las dos mujeres ya ni se escuchan una a otra. Comparten el silencio, los latidos del corazón y las maquilladas en el agujero negro de la noche. Pero el ama no pierde la calma y, socarrona, porque se ve capaz de batir al mismo demonio, manda a la criada: -Ve al gallinero, coge el gallo negro y mételo de cabeza en el barreño-. Aquel gallo, negro como un cuervo, que aterrado, canta antes de tiempo y en seco hace parar las obras del demonio. Antes de que, mansamente, el agua mane en la entrada; en un extremo del fregadero de abrevar, y hoy en día a través de un grifo artístico, de hierro fundido, que Pep Call, el actual propietario, trajo de Italia. Un grifo trabajado con una cabeza entre dragón y bestia extraña, estremecedor. Como una instantánea de la pose que debió de hacer el demonio al verse derrotado.
Canto lo blanco, canto lo rubio mientras que el negro no fuera. En una de las salas interiores de los «agujeros de los moros» -Canalda-donde no lega el bullicio de los hombres y muy difícil la llama de la luz de tea que le ilumina el paso, ganado el estrecho corredor entre en una amplia sala y los pocos pasos ¿ve una palanca estrecha que conduce a nuevas estancias- salva un estanque- Y sobre la palanca derecha, ¿inmóvil la dueña del Call, encantada? petrificada? convertida en estalactita? La gente pregunta apaciguada el porqué del castigo. Unos afirman que rompió la palabra de casamiento con el R. de Canalda, y perdió las joyas; ¿las quedó? Otros dicen que era plenamente inocente, era sólo una confidente de una mujer de humo y agua, que airada por el futuro casamiento del traje a sus covalente, otros aseguran que siempre había sido mujer de humo y agua, que cautivó al heredero del Call por su hermosura y, harta del trajín casero, abandonó el marido y los hijos; deseó volver al covalente con sus compañeras, pero la castigan a permanecer plantada sobre la palanca y no entrará nunca más en el COVAL mágico, ni correrá por Ribera Salada hasta que alguien la desencante.
Lo han intentado, pero la llama de las teas se apaga siempre; caminar sobre la estrecha palanca despavorido los más atrevidos, y aunque el rumor fina tal un silbato suave, un ruido como la pronunciación de una ssssss larguísima, ensucia a todos y la gente mira compasiva la imagen de pie, sobre la fatídica palanca…
Había una familia de la que la mujer, lo sabía todo el mundo, era de humo y agua. Lo cierto es que cada día a la noche la dueña y su hija se untaban de un aceite guardado bajo la piedra del fuego y al momento pasaban la chimenea y se fundían entre las negras sombras nocturnas. Un día el mozo nuevo que cada día a las doce de la noche veía luz al fuego, intrigado quiso saber qué sucedía. Espera escondido que toquen las doce y ve como llegan poco a poco la dueña y la hija, se untan, suben a la chimenea y se pierden entre la oscuridad de la noche. También él quiere probarlo. Tiene miedo, por eso se liga con el caja-banco y se unta. Una vez untado pasa con el caja-banco sin darse cuenta de la chimenea y cae en la profunda valle de Isanta. Pisado de la caída vuelve a casa y cuenta que le ha pasado al dueño, que ignora las fugas nocturnas de su mujer. Cuando la hija fue casadera, la maridan con el Call de Odèn, el día de la boda dice a su marido: «nunca, para nunca, para enfadado que estés me dirás: mujer de humo y agua». Pasan unos años, un día se tienen cuatro palabras los esposos, airado el hombre rebate por la cara de la mujer: «ya no serías mujer de humo y agua». Como un endeble aliento se desvanece la mujer y pasan días y días sin saber nada. Un día que las hijas guardaban un escabot de ovejas, se les presenta, las peina, las arregla y prohíbe que lo digan a su padre y se fue. La primera vez callan; al día siguiente se vuelve a presentar ya la tercera vez lo cuentan, y dicen que mientras los pasa el escarpidor deben coser sus faldas. Dóciles, las niñas empiezan a coser sus faldas con las de su madre, ella advierte, encendido, y grita: «nunca más me verán». Se funde la madre y las hijas se plantan a correr como almas en pena hasta el umbral de su casa.

La casa del Call, situada en el rellano, en un alero de la montaña de Odèn, en un lugar privilegiado: como un mirador donde se domina gran parte de Cataluña, s’apama los pinares del Solsonès y se tiene a los pies del alta Ribera Salada, con toda su variedad de verdes, oscuros y densos, de pino negro, o bien aquellos otros más llamativos y claros que el otoño toma en rojo, en naranja y en dorado. Una gran casa donde todavía se puede captar el sabor de una cierta rusticidad, en la sala o en el fuego de rollo, con todo el encanto de una casa solariega que vivía inmersa en un estilo de vida de una gran serenidad y que sabía sacar provecho de las cosas más sencillas dándoles un carácter mágico y romántico, utilizando un lenguaje que, a pesar de su rudeza, era relleno de sinceridad y de ternura. Una casa, pero, sin agua. Había que ir a buscar a la fuente que más adelante llamarían «del demonio», y que ahora mana, mansa, dentro la entrada, en el extremo de una pila de beber, para quien quiera hacer una cata, a morro o en porrón. Aquel bien de Dios del agua, en torno a la cual nació la leyenda. Aburrida de trajinar agua de la fuente, esa moza, criada, decía que estaba harta! Todo el día arriba y abajo, cargada de cántaros y cubos. Aquel año, por la fiesta mayor de Odèn, cuando parecía que el cielo quisiera asar la tierra, por la Virgen de Agosto, en el pico del verano, la gran sala del Call hervía de parientes e invitados, y ella , venga cántaros de agua fresca! Antes, costas arriba y luego deshaciendo el camino con cubos y cántaros chorreando de agua, también para los animales de los establos. Tantos machos, mulas y burros para abrevar y ella, llena de sofocos, con el pensamiento en la plaza, fijada de algún soltero trabajador, mudado de fiesta y con los pies ligeros, con quien ya ni era necesario que pensara. Aquel año tampoco. Porque el agua enseguida hacía corto y tenía que subir a la fuente y volver a bajar, y ayudar a hacer la cena, y …-Reixotre de dueño!, Ve que le costaría hacer una canal que le condujera el agua en casa! De costas arriba, que iría sola! – Pero no. El agua estaba lejos. Lo sabía ella!, Que estaba harta y aburrida de afilar ese camino que la privaba de ir a la romería, a triscar cuatro danzas. Todo ello por un no-nada! -Cagunlospedrer! – Todos a la plaza y ella, venga acarrear agua. Como si quisiera llenar un cesto que enseguida era seco. Picante como una mata de bichos, le dolía por el baile, y subía como una fesolera, enfurecida, a punto de tirar escaleras abajo cántaro y cubos. -Que vea que os digo: Que me daría al demonio para tener el agua al pie de su casa! – Momento aquel en que llaman a la puerta y aparece un caminante que,-valgamdéu-, también quería agua. Que dice lleva la garganta reseca. Un hombre hosco y robusto que pedía a la dueña por inquietud de la criada. -Nada, hombre, nada. Que se ha inquieto con el baile y refunfuña porque la fuente se le hace lejos. Tanto, que hace un momento se desgañitaba a decir que se entregaría al demonio para tener el agua al pie de su casa! – Una afirmación que la moza no retrocede. Que dice que se entregaría con gusto si antes de terminada la fiesta mayor el chorro de la fuente manara al pie de la puerta. -Trato hecho! – Responde el hombre. -Palabra aceptada!, Antes que en la madrugada que cante el gallo negro, tendrás el agua dentro de casa! – Y pronunciados estas palabras, el hombre sale, que dice, se le ha girado mucho trabajo. Lo que hace estallar la risa de las dos mujeres, que hacen la cena y paran mesa hablando todavía de aquel hombre tan extraño. -Un ocasional sonado-, dice la dueña. -Que si nos llevara el agua en casa no te dejaría paso ir sola al baile, que bastante te acompañaría! – Trasiego de ollas y cazuelas en los fogones. La cena a medias, y de fuera sienten un estruendo de picos y palas, pico, barrenas, rocas que resquebrajan y mazos que las desmenuzan. Las mujeres paran la oreja y parece que no pueda ser!, Al mismo tiempo que el gallinero canta el gallo blanco y, a la oscuridad de la noche, una voz arrastrada, áspera y oxidada dice:-Trabajo pase adelante! – Abren la ventana por la noche, acostada y oscura, como una manta empapada de sudor, y desde el sendero que conduce a la fuente les llega el lloriqueo de los barrenos, el trueno de los mazos y el gemido del esberladissa de rocas. Una gran tormenta bajo las estrellas que han huido del cielo. Como si el mundo hubiera perdido el seso! Aturdidas por la evidencia, procuran mantener el pensamiento sereno. Un rebaño de pensamientos los vuelta por la cabeza, y sienten un segament de piernas, como una bofetada, cuando el temple en la oscuridad tan gruesa ha desvelado el gallinero. Canta el gallo rubio, y aquella voz tan conocida, la voz de aquel hombre tan extraño que la criadita ni ha escuchado cuando ha prometido que volvería, ahora resquebrajada y aún más áspera, como si escupiera brasas de fuego y las hiciera silbar, rojo , manda:-Cada hombre trabaje por dos! – No importa, da igual todo! La tierra huele húmeda y, en el Call, la casa que hace cuesta arriba, las dos mujeres ya ni se escuchan una a la otra. Comparten el silencio, los latidos del corazón y las magallades el agujero negro de la noche. La dueña, sin embargo, no pierde la calma y, socarrona, porque se ve capaz de batir el mismo demonio, manda a la criada:-Ve al gallinero, coge el gallo negro y lo encierra de hacia el barreño-. Ese gallo, negro como un cuervo, que aterrorizado, canta antes de tiempo y en seco hace parar las obras del demonio. Antes de que, mansamente, el agua salga a la entrada, en un externos de la pila de abrevar, y hoy en día a través de un grifo artística, de hierro fundido, que Pep Call, el actual propietario, llevar de Italia. Un grifo trabajada con una cabeza de entre dragón y bestia extraña, aterrador. Como una instantánea del puesto que debía hacer el demonio al verse derrotado. Cante el blanco, cante lo rubio mientras que el negro no fuera.